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24. mayo 2026

El curandero, su figura nos acompaño todos los tiempos.

Siempre existió. En todas las civilizaciones. En todos los continentes. En todos los siglos. Con nombres distintos, con herramientas distintas, con tradiciones distintas. Pero con una sola cosa en común: era el que veía lo que los demás no podían ver. El que atendía lo que los demás no podían tocar. El que sanaba donde los demás no llegaban.

Y por eso mismo fue siempre el rechazado. El que daba miedo. El que no era creíble. El que resultaba incómodo para el poder, para la religión, para la ciencia oficial. El incomprendido por excelencia de cada época.

Pero hay algo que ninguna persecución, ninguna hoguera, ninguna ley y ningún rechazo ha podido borrar en miles de años de historia. Que cuando alguien agota todos los caminos y sigue sin encontrar respuesta, termina buscando al curandero. Siempre. En todas las épocas. En todos los lugares.

Este artículo es un reconocimiento. A todos ellos. A los que estuvieron antes. A los que pagaron un precio que nadie debería haber pagado. Y a lo que su legado significa hoy.

El principio de todo. Mesopotamia, 3.500 a.C.

La civilización más antigua que conocemos ya tenía dos tipos de sanadores. No uno. Dos. Y la distinción entre ellos es exactamente la misma que existe hoy entre la medicina convencional y las terapias energéticas.

El Azu era el médico del cuerpo. El que examinaba síntomas, preparaba remedios con plantas y minerales, trataba heridas y fracturas. El equivalente antiguo del médico de cabecera.

El Ashipu era el médico del alma. El purificador, el que trabajaba con el plano invisible donde según la cosmología mesopotámica tenían su origen la mayoría de las enfermedades. El que dialogaba con los espíritus para liberar al enfermo de lo que ningún remedio físico podía alcanzar.

Y el Baru era el diagnosta espiritual. El que leía los signos, interpretaba los presagios y determinaba la naturaleza del mal antes de que cualquiera de los otros dos interviniera.

Tres figuras. Tres funciones. Un sistema completo que reconocía algo que hoy seguimos debatiendo: que el ser humano es cuerpo y es alma, y que ambos necesitan atención.

Los mayas. Siglo IV al X d.C.

En la civilización maya la figura del sanador alcanzó una sofisticación que todavía sorprende a quienes la estudian. Y también aquí la distinción entre cuerpo y alma era clara y reconocida.

El H'men, cuyo nombre significa literalmente "el que sabe" o "el que entiende", era el sacerdote médico por excelencia. No era elegido por ambición ni por herencia necesaria. Era seleccionado por los dioses. Su día de nacimiento determinaba sus dones. Los sueños le indicaban su camino. Y su formación combinaba el conocimiento de las plantas, la comunicación con el mundo espiritual y el diagnóstico a través del Sáastun, la piedra sagrada de adivinar. Era intermediario entre los hombres y lo invisible, y su función era alinear el cuerpo enfermo con la energía del universo.

El Ah-men era el profeta y adivino que curaba los males espirituales a través de largos trances con los espíritus que invocaba. Un médium en el sentido más antiguo y más puro de la palabra.

El Dzac-yah era el herbolario. El que dominaba el conocimiento químico y medicinal de las plantas. El cuerpo físico era su territorio.

Y el Pul-yahob era el trabajador energético. El que curaba usando ritos, plantas y objetos para ahuyentar los malos vientos y espíritus. Lo que hoy llamaríamos limpieza energética.

Los incas. Siglos XIII al XVI d.C.

El Imperio Inca construyó uno de los sistemas médicos más completos de la antigüedad. Con especialidades tan definidas que resultan asombrosamente modernas.

El Watuk era el diagnosta. El que examinaba al paciente y leía su situación antes de cualquier intervención.

El Hanpeq era el chamán. El que curaba usando hierbas y minerales en ceremonias religiosas y místicas. El puente entre el mundo visible y el invisible.

El Paqo era el curador del alma. Según la cosmovisión inca, el corazón albergaba el alma, y el Paqo era el especialista en trabajar exactamente ahí, en el plano más profundo del ser.

El Sancoyoc era el cirujano sacerdote. El que intervenía el cuerpo físico, trataba fracturas y abscesos.

Y el Hampi Camayoc era el químico del estado. El guardián de los recursos medicinales naturales del Imperio.

Cinco especialidades. Una sola misión: el bienestar completo del ser humano en todos sus planos.

Egipto. 3.000 a.C. en adelante.

En el antiguo Egipto la medicina y la espiritualidad eran inseparables. No porque fueran ignorantes. Sino porque eran lo suficientemente sabios como para entender que no podían separarse.

El Sunu era el médico físico. El que diagnosticaba síntomas, prescribía remedios y realizaba intervenciones quirúrgicas con una precisión que todavía hoy asombra a los historiadores de la medicina.

El Wab Sekhmet era el sacerdote sanador. El que trabajaba en los templos de la diosa Sekhmet, protectora de la salud, realizando rituales de purificación y sanación que acompañaban y potenciaban el trabajo del médico físico.

Y el Sau era el mago protector. El que creaba amuletos y construía escudos energéticos para proteger al enfermo durante su proceso de recuperación.

Tres figuras. Tres planos. Un abordaje de la salud que reconocía que el cuerpo no puede sanar completamente si el alma sigue enferma.

Los chamanes. Desde el principio de los tiempos.

La palabra chamán procede del tunguso-manchú y significa literalmente "el que sabe" o "el que ve en la oscuridad". Hay evidencias arqueológicas de prácticas chamánicas en arte rupestre de más de treinta mil años de antigüedad. Treinta mil años. Antes de cualquier civilización registrada, antes de la escritura, antes de cualquier institución religiosa o política, ya existía alguien en la comunidad que hacía exactamente esto: entrar en estados expandidos de consciencia para acceder a información y energía que el resto no podía alcanzar, y traer de vuelta lo que era necesario para sanar.

El chamán era al mismo tiempo médico, psicólogo, sacerdote y guía espiritual. Era el que acompañaba a los moribundos, el que diagnosticaba el origen oculto de las enfermedades, el que mediaba con los espíritus de los ancestros, el que protegía a la comunidad de las energías que amenazaban su equilibrio. Su elección no era voluntaria. Era una llamada. Y resistirla, en muchas tradiciones, generaba una enfermedad que no desaparecía hasta que el llamado aceptaba su camino.

Treinta mil años de historia sin interrupción. No hay ninguna otra tradición sanadora en el mundo con ese recorrido.

Jesús de Nazaret. El sanador que el poder de su época no supo contener.

Si hay una figura en la historia que encarna con más fuerza lo que significa sanar desde un plano que va más allá de lo físico, esa figura es Jesús de Nazaret. Independientemente de la fe de cada uno, los hechos que los evangelios describen son extraordinarios desde cualquier perspectiva. Sanó a ciegos, a paralíticos, a leprosos. Y lo hizo siempre desde el amor, desde la compasión y desde una conexión con lo divino que sus contemporáneos no podían explicar.

Para los creyentes, son milagros. Para quien los mira desde otro ángulo, son la expresión más elevada de lo que puede ocurrir cuando un ser humano opera desde la frecuencia más alta que existe. En cualquier caso, fue incomprendido por el poder de su época. Y pagó el precio que pagaron tantos otros antes y después de él por saber demasiado y por no pertenecer a ninguna institución que legitimara su conocimiento.

La caza de brujas. Un capítulo oscuro que merece ser recordado.

Entre los siglos XV y XVII Europa vivió uno de los episodios más oscuros de su historia. Lo llamaron caza de brujas. Y lo que realmente ocurrió merece ser nombrado con precisión y con respeto.

Las llamadas brujas eran en su inmensa mayoría mujeres que practicaban lo que hoy llamaríamos fitoterapia. El uso terapéutico de las plantas medicinales. Una disciplina que la Organización Mundial de la Salud reconoce hoy y que está en la base de gran parte de la farmacología moderna. Conocían las propiedades curativas de las hierbas del bosque, preparaban remedios para los partos, para las fiebres, para los dolores que la medicina oficial de la época no sabía tratar. Eran las sanadoras del pueblo.

La historia nos enseña que en momentos de crisis colectiva los grupos de poder han buscado culpables entre las minorías más visibles y más vulnerables. En aquella época, las mujeres que poseían conocimiento herbolario y prácticas de sanación ancestral fueron señaladas como responsables de males que nadie sabía gestionar. No es un episodio que quepa juzgar con los valores de hoy aplicados al contexto de entonces. Pero sí merece ser recordado como lo que fue: un momento en el que el miedo al conocimiento que escapa al control institucional tuvo consecuencias devastadoras para quienes lo portaban.

Así nació la palabra brujería tal como la entendemos hoy. No como descripción de una práctica. Como acusación. Y quienes la recibieron fueron en su mayoría sanadoras cuyo único delito era saber lo que otros no sabían.

Pachita. México, siglo XX. El caso que la ciencia no pudo ignorar.

Bárbara Guerrero nació en 1900 en Parral, Chihuahua, huérfana desde la infancia y criada por un hombre africano que le transmitió un conocimiento que ninguna escuela del mundo enseñaba. El mundo la conocería como Pachita. Y se convirtió en la chamana más documentada y más estudiada del siglo XX.

Lo que Pachita hacía desafiaba todas las categorías conocidas. Realizaba lo que solo puede describirse como cirugías espirituales. Trabajaba con sus pacientes extrayendo lo que no funcionaba y reponiendo lo que era necesario, en un proceso que la medicina convencional no ha podido explicar ni replicar. Sin anestesia. Sin quirófano. Y los pacientes no solo sobrevivían. Muchos de ellos mejoraban de condiciones que la medicina convencional había declarado sin solución.

Ella no atribuía el mérito a sí misma. Decía que durante sus intervenciones su cuerpo era habitado por el espíritu de Cuauhtémoc, el último tlatoani azteca, y que era él quien actuaba a través de ella. La materialización, la capacidad de manifestar en el plano físico lo que viene del plano energético, era la herramienta que la hacía única en su época.

El científico que se atrevió a estudiarla fue Jacobo Grinberg. Neurofisiólogo y psicólogo de la Universidad Nacional Autónoma de México, con más de cincuenta libros publicados y una reputación académica sólida que arriesgó completamente cuando decidió seguir a Pachita. La acompañó durante años. Observó su trabajo. Filmó sus sesiones. Tomó muestras antes y después de las intervenciones. Entrevistó a sus pacientes.

Lo que documentó lo llevó a formular su Teoría Sintérgica. La propuesta de que la consciencia humana puede modificar la estructura del espacio-tiempo y generar fenómenos de sanación que la biología clásica no puede explicar pero que la física cuántica, como marco teórico, puede empezar a contemplar. La comunidad científica lo rechazó. Grinberg insistió. Y en diciembre de 1994 desapareció sin dejar rastro. Su caso permanece oficialmente sin resolver.

El legado de ambos nos recuerda que hay fenómenos que ocurren más allá de los límites de lo que la ciencia actual puede medir. Y que quien se atreve a documentarlos con rigor y honestidad merece al menos el respeto de no ser descartado sin ser escuchado.

Los curanderos en España. Un legado que no desapareció.

En España la figura del curandero popular nunca desapareció del todo. A pesar de siglos de presión institucional. A pesar de la modernización. A pesar de la medicina oficial. En cada región, en cada comarca, en cada generación, hubo alguien que sabía. Que atendía lo que los médicos no encontraban. Que mantenía vivo un conocimiento transmitido de generación en generación.

En el norte, las tradiciones de sanación vasca y gallega con sus prácticas de imposición de manos y conocimiento herbolario profundamente arraigadas en la cultura popular. En el sur, los sanadores andaluces que combinaban la oración, el conocimiento de las plantas y el trabajo energético en una práctica que el pueblo reconocía y respetaba. En Cataluña, en Castilla, en Levante. En todas partes, alguien que hacía lo que la medicina oficial no podía hacer. No como alternativa al médico. Como complemento a lo que el médico no alcanzaba.

Ninguno de ellos buscó la fama. Ninguno llenó de ego sus palabras. Ninguno se llamó maestro. Todos estaban ahí por un motivo concreto. Con más heridas propias que nadie. Y con más amor que la mayoría.

Hoy. Lo que significa este legado y cómo se ejerce.

Treinta mil años de historia. Civilizaciones enteras que reconocieron que el ser humano tiene varios planos y que todos necesitan atención. Sanadores perseguidos, ridiculizados, incomprendidos. Y sin embargo el conocimiento que portaban no desaparece. Se transmite. Se adapta. Encuentra nuevas formas de llegar a quien lo necesita.

En Mandrágora ese legado no se reivindica como bandera. Se ejerce con rigor, con respeto y con la honestidad de quien entiende el lugar que ocupa. Siempre junto a los profesionales de la salud convencional, nunca en su lugar. El trabajo energético y la medicina moderna no son enemigos. Son dos miradas distintas sobre el mismo ser humano. Y cuando se combinan con respeto mutuo e inteligencia, el bienestar de la persona es más completo.

El incomprendido de siempre sigue estando aquí. Con otro nombre, con otras herramientas, con otro contexto. Pero con la misma misión de siempre. Acompañar a quien lo necesita desde el conocimiento, desde el amor y desde la responsabilidad.

Las sesiones y herramientas ofrecidas en Mandrágora tienen una finalidad exclusivamente de acompañamiento, bienestar y desarrollo personal. En ningún caso constituyen, sustituyen ni reemplazan el diagnóstico, tratamiento o asesoramiento médico, psicológico o psiquiátrico formal. Ante cualquier problema de salud, la primera vía de actuación debe ser siempre la consulta con un profesional sanitario colegiado. Nuestros servicios se plantean de forma complementaria, nunca sustitutiva.

www.mandragora.es

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